Un amor fugaz más allá del tiempo. Por: Gabriel Eligio Torres García (Colombia)

UN AMOR FUGAZ MÁS ALLÁ DEL TIEMPO


                                        

Por: Gabriel Eligio Torres García


La tarde caía envuelta en un matiz anaranjado sobre la Heroica. Ricardo Montenegro, exhausto por su trabajo como vendedor ambulante y aburrido de su soledad eterna, buscó un momento de reposo al amparo de los árboles en el Parque de Bolívar. Con la vista perdida en un punto incierto, se debatía entre la soledad y la escasez del día a día, cuando sus ojos tropezaron con ella: era la mujer más hermosa que había visto. De ella emanaba, al mismo tiempo, un aire de sofisticación y rebeldía que la hacía ver aún más hermosa. Llevaba un vestido ligero de color esmeralda que ondeaba suavemente con la brisa de la tarde; los intrincados bordados de lentejuelas y abalorios negros que adornaban el dobladillo creaban un patrón geométrico que evocaba el estilo art déco. Su escote era discreto pero elegante, y las mangas, inexistentes, revelaban la delgadez de sus brazos, adornados con varias pulseras de cuentas de cristal que tintineaban suavemente con cada movimiento. Calzaba unos zapatos de tacón bajo con tira en T, hechos de satén negro. Su cabello rubio parecía resplandecer con los rayos del sol que en ese momento menguaba. Tenía un peinado bob pulcro que enmarcaba su rostro, con ondas suaves que caían justo por encima de sus cejas finamente arqueadas. Unos ojos de color avellana profundo, delineados con kohl oscuro y sombreados sutilmente, le daban a su mirada la intensidad que posee la gente que anhela la vida por el solo hecho de estar viva. Los labios, pintados de un rojo carmesí vibrante, destacaban su sonrisa alegre, creando así la armonía perfecta que causaba en quien la viera la inevitable sensación de angustia que padecen los enamorados.


"Era una belleza atemporal", pensó Ricardo en ese momento. Un hombre joven se le acercó y la tomó bruscamente por el brazo, pero ella lo encaró y, luego de una discusión que no pudo escuchar, y antes de darle tiempo a intervenir, el hombre se alejó mientras Ricardo lo observaba detenidamente, tratando de entender qué relación había entre ellos. "¿Será el esposo?", se preguntó a sí mismo.


Estaba vestido de tafetán blanco con un saco cruzado de cuello duro, una corbata ancha y un sombrero de canotier. Llevaba además unos espejuelos pequeños de montura fina y un peinado hacia atrás con el cabello ceñido y una línea exacta que le dividía el cráneo.


Con una mezcla de audacia y timidez, Ricardo se sentó junto a ella para intentar animarla al ver la expresión de tristeza con la que había quedado luego que el hombre se marchara. El silencio inicial se rompió con un comentario discreto sobre el clima y, a partir de ahí, las palabras fluyeron como un río. Poco a poco, el semblante de aquella mujer fue cambiando. En medio de una charla entre dos antiguos desconocidos, hablaron de sueños olvidados, de pasiones escondidas, de la magia de Cartagena al atardecer. La conversación, al principio ligera, se fue tiñendo de una intimidad sorprendente que Ricardo apenas podía creer. Sus risas se entrelazaron con el bullicio de los pájaros que anunciaban la noche y el murmullo de la gente que paseaba por el parque. La mujer parecía haber superado su discusión con aquel hombre gracias a esa conexión que tuvieron y que parecía trascender el estatus y los prejuicios de una alta sociedad cartagenera de puertas cerradas. Existía algo que le resultaba tan familiar y que no podía explicar y le causaba la confusa sensación de haberla conocido desde toda la vida.


Entonces, con una felicidad inocente, ella le pide al fotógrafo ambulante del parque que les tome una foto y luego se la entrega a Ricardo para que nunca olvide ese momento. Cuando las estrellas comenzaron a salpicar el cielo, se dieron cuenta de que las horas habían transcurrido de manera fugaz. Pasaron la noche caminando por las calles empedradas, mientras sus manos se rozaban con cada paso y las palabras se iban convirtiendo en caricias.


Al día siguiente, Ricardo despertó en la habitación de un hotelito de mala muerte en el barrio de Getsemaní con el sol colándose por la ventana. Extendió la mano buscando su cuerpo, pero el otro lado de la cama estaba vacío y frío.


La llamó y la buscó por cada rincón de la habitación, pero no había rastro de ella. Por un momento llegó a pensar que había sido víctima de un engaño para robarle el producido de su trabajo, pero su cartera, sus llaves: todo seguía intacto, como si ella nunca hubiera estado ahí. Solo encontró la fotografía como único testigo y, detrás, una nota escrita con lápiz labial de un rojo carmesí que decía: “Amar es vivir eternamente”. Un nudo de angustia se le formó en el estómago cuando cayó en la cuenta de que no sabía dónde encontrarla y lo aterró la idea de haberla perdido para siempre. Solo le retumbaba como un eco en la memoria el recuerdo de su nombre: “Ariana”.


La desesperación se apoderó de él cuando recorría la ciudad, preguntando en cada café, en cada tienda, mostrando la única foto que tenía de ella y las pocas personas que decían haberla visto, o que creían haberla visto, lo confundían con contradicciones banales e indicaciones vagas que lo llevaban a callejones sin salida, a puertas cerradas, a la nada. La búsqueda se volvió para Ricardo una obsesión, un tormento, hasta una mañana en la que, estando al borde de la demencia y con su aspecto desmejorado por la vigilia, un viejo pescador con la piel curtida por el sol y sus ojos llenos de historias se compadeció al verlo. Estaba sudoroso e inestable y el pescador reconoció inmediatamente en él los síntomas inequívocos de un amor no correspondido. "Si buscas lo imposible, prepárate para lo inesperado", le dijo. “Prueba en el barrio de San Diego; esa parte de la ciudad alberga las casas coloniales más antiguas y allí se guardan los secretos menos pensados de esta falsa sociedad cartagenera de postín. Pero, más específicamente, debes acercarte a donde vivió el primer conde de Toro Hermoso".


Ricardo se dirigió a ese barrio. Nunca antes había estado en esa parte de la ciudad desde que llegó de su tierra a ganarse la vida como vendedor de café en las calles. El tiempo parecía haberse detenido entre sus callejuelas empedradas y fachadas descoloridas, en donde el peso de los siglos podía percibirse en el ambiente.


Finalmente, se encontró frente a una casa con un balcón corrido de madera tallada y buganvillas que trepaban por las paredes. A un lado de la puerta, lo encandiló con el reflejo del sol de la mañana una placa de bronce donde alcanzó a leer con un hálito de esperanza lo que andaba buscando: “Casa de los condes de Toro Hermoso”. Ricardo no había terminado de acercarse a la puerta cuando una anciana decrépita, con ojos taciturnos y el aspecto de ser el cadáver de ella misma, le abrió como si lo hubiera estado esperando toda la vida. "¿Busca algo, joven?", preguntó con una voz que era casi un susurro.


Ricardo solo tuvo aliento para mostrarle la foto a la anciana, quien la tomó con sus manos temblorosas y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. "Mi dulce Ariana", dijo, y sus ojos se empañaron con lágrimas. "Nunca se cansará de enviarme personas para que les cuente su historia y les sirva de escarmiento". Ricardo no se percató de lo que dijo la anciana, atormentado por la incertidumbre del amor, y solo varios días después comprendió por qué el pescador sabía exactamente a dónde buscar respuestas.


Lo hizo pasar a un salón lleno de muebles antiguos. El aroma a jazmín y a nostalgia era casi tangible en la umbría de esa vieja mansión. Se sentó a su lado y, solo cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, como si fuera una estela de humo disipándose poco a poco, pudo percatarse de un enorme retrato que le heló hasta los huesos. Allí estaba ella, mirándolo directamente a la cara con esos ojos que lo habían cautivado y enloquecido de amor aquel día en el parque. Tenía el mismo vestido esmeralda y conservaba su belleza intacta, ahora magnificada con el aire matriarcal de una condesa. "Esta es mi bisabuela, Ariana", dijo la anciana, con su voz apenas audible. "Una mujer de espíritu libre, enamorada del amor y que amaba la vida de tal forma que contradecía las costumbres de su época, más aún cuando recorría sola la ciudad bailando bajo la luna. Siempre afirmó que solo el amor podría vencer a la muerte. Se enamoró perdidamente de un joven mulato que era su servidor personal".


El esposo, un hombre a quien no amaba, la repudió públicamente, la acusó de adúltera y la mató a golpes en medio de la plaza de Bolívar, ante la vista acusadora de esa sociedad de doble moral que la juzgó".


De esa forma tan cruel falleció hace ochenta años y, si su historia pudo trascender, fue gracias a un diario donde dejó escrito lo que estaba viviendo. Su ejemplo sirvió para que nunca olvidáramos la manera ilimitada en que se puede amar. Su hija, mi abuela, continuó contando su historia de valentía como escarmiento para las nuevas generaciones de la familia. Sin embargo, nos enteramos, hace algunos años, cuando un muchacho pescador llegó haciendo las mismas preguntas que tú, que ella había encontrado la forma de trascender en el tiempo y comprobarles a los hombres de espíritu noble que no han podido amar que el amor sí existe y, aunque en ocasiones el camino sea espinoso, es la única forma de al menos poder imaginarse la felicidad.


Con la mirada perdida en el retrato de la duquesa, Ricardo supo que, a partir de ese momento, su vida estaría marcada por el recuerdo de Ariana. El peso de lo imposible se posó sobre él, abrumador y dulce a la vez. Se quedó allí, en silencio, asimilando una realidad absurda. La mujer que lo había amado como nadie solo era una imagen etérea, un espejismo que, sin embargo, había sido tan real como el latido de su propio corazón, aunque únicamente fuera un recuerdo en la mente de una anciana, una niebla de la memoria que desapareció llevando consigo su alma enamorada. No era una historia de desamor, sino de un amor tan puro y poderoso que había logrado cruzar los años, porque Ariana le había devuelto la alegría de vivir con una sola mirada, y en una noche de risas, y en el roce de sus manos, mientras caminaban por esas mismas calles empedradas que ella transitó en otros tiempos. Le enseñó que la vida solo hay que aprender a vivirla y que, aun con sus altibajos, es hermosa, y comprendió también que el amor, en su forma más pura, era capaz de sobrepasar incluso las barreras de la muerte.

 

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