El Caribe como portal del despertar y bienestar. Por: Sarah Aguilar (Miami USA y Colombia)
El Caribe como portal del despertar y bienestar
Por: Sarah Aguilar
Crecí en el Caribe rodeada de mar, sol y brisa, pero nunca imaginé que años después, tras una ruptura interna que cambió mi destino por completo, descubriría que el Caribe había sido siempre mi maestro silencioso. A veces creemos que despertar es una búsqueda que ocurre lejos de casa, en retiros, en montañas, en templos o en prácticas sofisticadas. Pero para mí, el inicio de ese despertar ocurrió de forma abrupta, inesperada, casi forzada por la vida, y en ese proceso doloroso pude reconocer que el mismo mar que había dado por sentado toda mi vida llevaba años llamándome de regreso. No para tomar el sol, sino para recordarme quién era.
Mi despertar fue una mezcla de remoción profunda y claridad repentina. Nada glamuroso. Nada romántico. Fue un volcán interior que estalló sin permiso. Estaba viviendo una vida que desde afuera parecía funcionar, pero adentro estaba desconectada, sobreviviendo, temiendo sentir, temiendo verme. Y justo cuando pensé que todo se desmoronaba, la vida me entregó una experiencia que me abrió la conciencia de manera radical. No fue una búsqueda espiritual intencional. Fue una sacudida. Un antes y un después. Un llamado que no podía ignorar. Y cuando despiertas… cuando realmente despiertas… ya no puedes volver a dormirte del todo.
Fue ahí donde descubrí que sanar no siempre es aprender algo nuevo, sino recordar algo antiguo. Y si naces en el Caribe, recordar es más fácil, porque crecimos rodeados de elementos que naturalmente te devuelven a ti. La arena te obliga a pisar firme. El mar te enseña a rendirte. El horizonte te invita a ver más allá de tu dolor. El sol te despierta incluso cuando quisieras esconderte. Y la brisa, esa brisa suave y cálida, tiene la capacidad misteriosa de apagar incendios internos sin que te des cuenta. El Caribe no es solo un lugar; es un regulador emocional sofisticado que trabaja sin que tengas que pedirlo.
Durante mi proceso de despertar entendí otra cosa: la mayoría de las personas no saben que no han despertado. Creen que sentirse ansiosas es normal, que vivir tensas es normal, que repetir patrones es normal. Creen que la vida “es así”. Y yo también lo creía, hasta que sentí la diferencia. El despertar no es un lujo espiritual; es recordar cómo se siente haber nacido completos. Es darte cuenta de que estabas respirando a medias. Es reconocer que estabas viva… pero no despierta. Y una vez lo sientes, aunque sea por un instante, algo dentro de ti empieza a buscar ese estado de regreso. Como un gusanillo. Una curiosidad. Una apertura. Una pequeña fisura en la armadura donde entra la luz.
Mi mayor revelación fue entender que el Caribe había sido mi portal desde el principio. No un portal místico, sino un portal natural. Fisiológico. Sensorial. Espiritual. Regresé al mar tantas veces durante mi proceso que la misma playa parecía acompañar mis etapas: unas veces lloré con el agua fría golpeándome los tobillos, otras veces sentí paz mientras el viento me despeinaba sin importar nada, otras simplemente escuché las olas con una sensación nueva de “estoy aquí, de verdad estoy aquí”. Y ese “aquí” era más sanador que cualquier técnica compleja. El Caribe me enseñó presencia antes de que yo entendiera la palabra “presencia”.
Por eso, cuando pienso en bienestar, pienso en el Caribe como un sistema completo: luz, agua, ritmo, sal, movimiento, comunidad. Aquí todo está vivo, todo está en movimiento, todo vibra, todo invita a sentir. Y sentir es el primer paso del despertar. Porque cuando vuelves a sentir, vuelves a ti. Y cuando vuelves a ti, empiezas a sanar.
Hoy, acompañando a tantas mujeres en sus propios procesos, veo lo mismo una y otra vez: el cuerpo sabe. El alma sabe. Pero la mente olvida. Y quienes nacimos en el Caribe tenemos una ventaja invisible: nuestra tierra, nuestro mar, nuestro calor, nuestra música, nuestras lluvias repentinas, nuestros colores… todo es un recordatorio constante de la fuerza vital que llevamos dentro. Si escuchamos, el Caribe nos despierta.
Escribo esto con la intención de que quien lo lea sienta ese pequeño “toque”, esa chispa, esa inquietud dulce que nace cuando el alma reconoce algo verdadero. Si mientras lees sientes una expansión en el pecho, una nostalgia, una pregunta, una incomodidad o incluso una emoción que no sabes nombrar… ya empezó. Ese es el inicio. No del despertar completo, pero sí del movimiento sutil que te lleva hacia él.
Y quizá, igual que me pasó a mí, no tengas que buscar tan lejos. Tal vez el portal siempre ha estado aquí: en la brisa tibia, en la sal pegada a la piel, en el sol que no pide permiso, en el sonido de una ola que llega igual que nosotros aprendemos a llegar a nuestra verdad: una y otra vez, sin prisa, sin perfección, pero siempre con la fuerza del Caribe detrás.
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